Cacería y conservación, entre hipocresía e ignorancia: el León Cecil

La muerte del león Cecil  a manos de un dentista cazador en Zimbabwe, y  de un elefante por el entonces rey Juan Carlos de España, provocaron oleadas de furia mediática contra la cacería, y de condena moral a sus ejecutores. Y claro, junto a esas imágenes hay una tragedia planetaria, pero no en la  muerte misma de esos ejemplares, sino en el exterminio masivo de fauna, y en la destrucción de hábitat por la expansión de la agricultura y la ganadería. Sin embargo, como en otros casos de cínica corrección política, esto no motiva angustia, escándalo ni odio, tampoco moviliza a las buenas conciencias. Se imponen la hipocresía, la ignorancia, y el oportunismo.

La cacería (o aprovechamiento cinegético de vida silvestre), no sólo es instrumento poderosísimo de conservación, sino acaso, en muchas circunstancias y regiones del mundo, la única opción para salvar de la extinción a  multitud de ecosistemas y especies amenazados.  El hábitat es destruido por falta de opciones ante el pastoreo de ganado, el fuego, los desmontes, el arado agrícola y las necesidades de supervivencia alimentaria de poblaciones locales aún no urbanizadas y  en extrema pobreza.

SI realmente queremos conservar especies y ecosistemas debemos pagar por ello. ¿O qué opción damos a las empobrecidas y expansivas poblaciones rurales? La pregunta es ¿quién? Por supuesto, no las buenas e hipócritas conciencias. Lo intentan hacer los gobiernos, algunos filántropos, y desde luego, los cazadores, que soportan grandes economías rurales generando muchos empleos y volúmenes considerables de ingreso para los habitantes locales. Ellos han conservado hábitat y fauna, y también,  han jugado un importante papel ecológico.

En efecto, todos los ecosistemas naturales se estructuran a partir de cadenas tróficas o alimenticias y ciclos naturales, en los que las especies animales  matan y comen, o son cazadas y devoradas. La muerte es algo natural y absolutamente necesario en la naturaleza. Todos los procesos de renovación ecológica y biológica dependen del principio de nacimiento, crecimiento y muerte. Cada reptil, insecto, ave, mamífero tiene un rol que cumplir, y compite ferozmente por un espacio y por el derecho a comer, a reproducirse y propagarse. Es la lógica de la vida y de la naturaleza, en la cual se insertan los cazadores. No hay buenos ni malos.

La humanidad ha desestabilizado,  eliminado, desplazado y constreñido al extremo a los ecosistemas naturales. Hemos interferido de manera radical en  ciclos y arquitecturas ecológicas, y causado profundos desbalances entre poblaciones y en cadenas tróficas. El hombre siempre fue parte de los ciclos y cadenas ecológicas. Y hoy en día es imperativo que consciente y racionalmente lo siga siendo para mantener equilibrios en sistemas ya perturbados y fragmentados. Ahí, es indispensable extraer o cosechar individuos de determinadas especies y características para mantener poblaciones genéticamente saludables, para evitar daños irreparables al ecosistema, para prevenir sobrepoblación o extinción de otras especies en la propia cadena trófica, y para impedir o minimizar conflictos entre fauna silvestre y poblaciones y actividades humanas.

La cacería regulada y sostenible simplemente sustituye a la mortalidad natural (mucho más dolorosa) de especímenes que ya han cumplido su rol reproductivo, pero que impiden a los individuos más jóvenes el apareamiento y asegurar así la salud genética de las poblaciones; especímenes que de todas formas morirían de enfermedad, inanición o simple vejez. En el camino, la cacería confiere valor económico a la conservación de la biodiversidad, ofreciendo ingresos considerables y empleos a  habitantes y comunidades locales, que los compensa por actividades agropecuarias – potencialmente  devastadoras – no realizadas.  El león Cecil tenía más de 13 años de edad, era un anciano sin ninguna función ecológica, y le esperaba una muerte inminente cruel y natural.

 

 

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