¿Los economistas tienen ética?

El protagonista en la Economía (“The Dismal Science, como la califica The Economist) es el individuo en libertad de elegir, racional y maximizador, que responde naturalmente a incentivos económicos. Sus valores o preferencias se consideran algo exógeno, que simplemente se procesa matemáticamente en funciones de utilidad, y que junto con funciones de producción determinan en equilibrio los precios de bienes y servicios. La Economía no prejuzga sobre el origen y naturaleza de valores y preferencias; tampoco sobre la distribución inicial de los recursos en la sociedad. El libre intercambio en mercados competitivos  conduce a la eficiencia; esto es, a una asignación de recursos  en la que nadie puede estar mejor sin empeorar la situación de otros (Óptimo de Pareto); también conduce al progreso. Con ello, la Economía pretende otorgarse un aura de objetividad científica como ciencia positiva, no normativa (le interesan las cosas como son, no como debieran ser), aunque también prescriba políticas. Sin embargo, debe advertirse que  los economistas institucionales (herederos de Douglass North, también Premio Nobel) han incursionado en el espinoso terreno de los valores, normas formales e informales, y visiones del mundo, para tratar de explicar el cambio social e institucional y el desarrollo económico. Cierta arrogancia metodológica y  pretensiones científicas  han llevado a la Economía a colonizar con sus actores racionales y maximizadores el terreno de la ciencia política y de otras disciplinas sociales. Tal es el caso de la escuela de la Elección Pública o Public Choice representada por el Premio Nobel Gary Becker, quien apuntó que  funcionarios y burócratas no son altruistas por definición; también son racionales y maximizan su propia utilidad, lo que hace que el gobierno tenga fallas estrepitosas.

Para algunos, no es totalmente claro que siempre seamos racionales y maximicemos una función de utilidad en nuestras decisiones, además de que el intercambio a través del mercado puede distar de ser totalmente libre en la realidad. Les resulta chocante cierta indiferencia analítica de la Economía ortodoxa con respecto a la equidad o justicia en la distribución de la riqueza. A otros les repugna que históricamente la Economía se haya divorciado desde Alfred Marshall de la naturaleza  (esto ha sido subsanado por la economía ambiental y la economía ecológica). Se le reprocha su propensión a ignorar todo lo que carece de mercados y precios, y la manía de  descontar el futuro por medio de tasas de descuento o de interés, lo que hace que el largo plazo importe poco en el análisis (“… todos estaremos muertos”: J.M. Keynes); algo muy grave con respecto a las consecuencias del cambio climático, por ejemplo.

Vista así, la Economía no tiene ética, no es normativa y  es irreductiblemente positiva. Los agentes económicos, si tienen ética, ésta es exógena al análisis  y sólo es relevante en cuanto se expresa en preferencias representables en funciones de utilidad. Y entonces, ¿los economistas tampoco tienen ética o valores específicos al ejercicio de su profesión? ¿Están formados para que no les importe el largo plazo, ni la desigualdad, ni los bienes públicos, ni la sustentabilidad, ni la democracia? Desde luego que no, pero es innegable que enfrentan dilemas: eficiencia o equidad; equilibrio fiscal o red de protección social; análisis riguroso de decisiones inter-temporales o  importancia del largo plazo; bienes públicos o libertad de elegir. Deben ser abordados explícitamente por una ética económica (en ello trabaja actualmente la Federación de Colegios de Economistas), junto con valores respecto a la libertad de elegir; competencia; eficiencia; instituciones productivas e incluyentes; crecimiento y prosperidad; automatización, inteligencia artificial y empleo; mitigación de desigualdades extremas;  bienes públicos y fiscalidad; sustentabilidad; transparencia; legalidad; y trabajo interdisciplinario. Más aún: introducir estos dilemas éticos al análisis económico sería fascinante.

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