GDF, Lecciones del Corredor Chapultepec

El  Corredor (Cultural) Chapultepec (CCCH) ha sido revelador y deja duras lecciones, más allá de sus vicios o virtudes urbanísticas.

La suma de los intereses locales, de vecindario o de grupo en una gran ciudad no equivale al interés colectivo. Tomar decisiones importantes  para la ciudad obedeciéndolos a ciegas, significa abdicar de responsabilidades de gobierno en cualquier democracia representativa. (Más aún, en este caso, con 95% de abstención en la consulta).

La ciudad es un enorme y complejo ensamble de bienes públicos y un  intrincado tejido de externalidades, y no debe gobernarse con decisiones parceladas, sectorial o territorialmente. La ciudad exige una visión o proyecto coherente de largo plazo como brújula para todo gobierno que trascienda. Sin embargo, no hay proyecto ni visión posibles si el ejercicio de gobierno se orienta  por acciones parroquiales a través de consultas a vecinos. Entonces, todo vale; es el gobierno de la ocurrencia. El resultado negativo en la consulta del CCCH más la reacción indiferente y contradictoria del GDF lo acreditan. El Emperador ha quedado desnudo. ¿A qué proyecto de ciudad correspondía el CCCH? A ninguno. Esta idea parcelaria y reduccionista de la ciudad – ahora nos queda claro –  tiene su expresión más refinada en la Reforma Política que fracturará y balcanizará a la ciudad en alcaldías, multiplicando los nichos de cacicazgo y corrupción, y la alejará aún más de una gestión integrada y orgánica.

El espacio público es  ámbito de desgobierno en la ciudad. Conculcado y degradado por el ambulantaje y  microbuseros todopoderosos e impunes, y sus miasmas; por manifestantes acarreados y rentistas;  por el vandalismo y  la incuria (Chapultepec, Plaza de la República, paraderos de micros, estaciones del metro, parques, aceras, plazas). No hay responsables  ni políticas funcionales,  ni presupuestos, menos, dientes para defenderlo; sólo una vaporosa y raquítica Autoridad del Espacio Público, sin facultades ni recursos.

Gran parte de los dineros del erario en la ciudad, bajo gobiernos de izquierda, han ido a parar a “programas” de subsidio, apoyos y rentas  a clientelas políticas y sociales. Se trata de un gobierno legitimado en el contrato privado con beneficiarios individuales; no en un contrato público, sobre bienes públicos. La calidad de lo público determina la calidad de la convivencia y cohesión social,  y es la compensación más eficaz a la pobreza; no los subsidios. Sin embargo, se niega un presupuesto decente para lo público: espacio colectivo, equipamiento, mantenimiento, infraestructura, transporte, educación, seguridad, aseo, belleza.

Esa es la razón por la cual el GDF decidió emprender el CCCH con inversión privada, que obviamente requiere fuentes de repago; de ahí su diseño y fórmula de concesión a largo plazo. A muchos les indignó la privatización, quienes curiosamente, no alzan la voz contra la privatización y envilecimiento más ostensibles  de los bienes y espacios públicos de la ciudad, por parte de mafias de ambulantaje; además, raíz de una extensa hiedra de corrupción en  gobiernos delegacionales. Les indigna la privatización formal y pulcra, no la privatización lumpen y mafiosa.

Los liderazgos formales del GDF no se comprometieron con el CCCH; de hecho,  no se involucran casi en ningún  proyecto urbano. Les parece  poca cosa; eluden a la verdadera ciudad y a sus problemas cotidianos, a sus avenidas, pavimentos, banquetas, árboles, parques, plazas, escuelas, sistemas de transporte, espacios públicos, servicios, cultura, valores escénicos, condiciones de seguridad, infraestructuras. Les rehúyen siempre que pueden; no siempre lo logran. Están por encima de la ciudad, lejanos, sin compromiso. Los vemos absortos en  apoyos “sociales”,  en promover por decreto alzas de salarios, y en entelequias constitucionales que  no corresponden a  la vida pública  real de la ciudad.  La ciudad sólo es un púlpito, desde donde intentan predicar a la Nación.

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