CONSTITUCIÓN PARA LA CDMX; SÓLO ASÍ

Los políticos van a imponer una Constitución a la Ciudad de México. Debe aprovecharse para darle rumbo, visión, y un proyecto consistente a largo plazo de cara al siglo XXI. De lo contrario, será un ejercicio de futilidad para regocijo exclusivo de sus promotores, que incluso podría entrañar perjuicios irreparables de gobernanza (en especial si se materializa su fractura disfuncional en alcaldías).

Nuestra ciudad es un organismo urbano de contrastes traumáticos, pero vibrante y de  vitalidad asombrosa. Es capital de creatividad y de libertades, también de gigantescas economías de proximidad con un potencial productivo insospechado, desgraciadamente inhibidas por una gestión pública deficiente. Ha quedado aprisionada en la obsolescencia institucional, en la dictadura del clientelismo y el oportunismo cortoplacista, en la corrupción y en la ineptitud. Su viabilidad así es más que dudosa. Brega sin rumbo, decae y se corroe a sí misma; pero aún resplandece y entusiasma. Contradicción y futuro, amor y odio a la vez.

La gran ciudad es un complicadísimo ensamble de bienes públicos y de externalidades o  consecuencias no intencionadas en todas las decisiones. Demanda por tanto una actuación sofisticada y comprometida de sus gobiernos, de instituciones eficientes y modernas, del imperio de la ley, de tecnologías de vanguardia, de una capacidad extraordinaria para emprender acciones colectivas de adaptación, y de una alianza permanente y productiva entre el poder público, sociedad civil y  sector privado.

Los diagnósticos aquí sobran, pero el hecho real es que la ciudad se padece y se disfruta en una experiencia cotidiana casi dialéctica. Podría ser mucho más lo segundo, y también, podría ser mucho más productiva – condición inescapable para mejorar las condiciones de vida de sus temerarios y sufridos habitantes. Pero ello exige una transformación, digamos, estructural. La Constitución de marras puede definir el rumbo. Es preciso intentar que así suceda. Que la Constitución no quede en una inútil celebración de  corrección política y en un catálogo de  ideología justiciera ornamentado con anodinos lugares comunes. (Al parecer, hacia donde quieren llevarla  los políticos).

Los principios de una Constitución que verdaderamente sirva a los intereses de la ciudad  son casi obvios: imperio de la ley; gobernanza integrada y coherente; sustentabilidad; calidad de vida; competitividad y productividad; inclusión social; democracia; y, libertades, derechos y oportunidades iguales y efectivas para todos. Dentro de ese marco de principios, la Constitución sólo será un texto relevante y trascendente si prevé no sólo derechos sino también obligaciones cívicas, y garantiza un gobierno integrado y de congruencia metropolitana; equidad, equilibrio y transparencia fiscal;  objetivos de seguridad y modelo de organización  policiaca; un sistema de impartición de justicia transparente y eficaz; mecanismos con participación ciudadana de prevención de la corrupción, y del uso y desviación  de  presupuestos con fines clientelares y electorales (“apoyos sociales”);  y, si obliga a  mecanismos viables para fondear todo programa de subsidio (adultos mayores u otros de alivio a la pobreza).

También, sólo será útil si configura un proyecto de ciudad a largo plazo bajo un concepto espacial, de estructura urbana y funcionalidad sostenibles, y ofrece instrumentos técnicos, regulatorios, institucionales y de participación para lograrlo. Debe plantear fundamentos de organización, operación y calidad para el transporte y otros servicios públicos esenciales (agua, basura, salud), además de criterios y medios para una gobernanza eficaz del espacio público (calidad, mantenimiento, regulación de uso, ambulantaje, marchas y plantones). La Constitución precisa sentar bases de sustentabilidad para la ciudad en materia hidrológica y de zonas de conservación y áreas naturales protegidas, así como de calidad del aire y prevención y atención a vulnerabilidades ante desastres naturales. Igualmente,  de calidad y cobertura en educación;  fomento a la cultura; desarrollo económico y turismo.

Constitución para la CDMX, sólo así…

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