Contaminación del aire, veinte años después

Contaminación, tráfico paralizante y pésimo transporte público expresan una grave erosión de gobernanza en la ciudad sobre bienes públicos emblemáticos: calidad del aire,  espacio vial,  espacio urbano,  accesibilidad y  movilidad. Instituciones y capacidades técnicas y políticas se han debilitado, el liderazgo se ha perdido, las decisiones se han fragmentado,  las responsabilidades se han hecho difusas, no hay visión de largo plazo, y la atención ce concentra en frivolidades políticas. En 20 años se olvidó una verdadera política ambiental; pensamos que las fuertes medidas tomadas a inicios de los años noventa del siglo pasado seguirían exorcizando para siempre al ozono. Nos limitamos a hacer recomendaciones y exhortaciones ñoñas. Algunos pensaron que el avance tecnológico en la eficiencia vehicular relegaría el problema a una curiosidad histórica; no fue así, el volumen derrotó a la tecnología.

Por ignorancia o incuria, u oportunismo político, le apostamos a vialidades y autopistas urbanas, a  estacionamientos obligatorios y gratuitos, y a mantener bajos los precios de las gasolinas. Se redujo el impuesto a la tenencia vehicular. Cualquier estudiante sabe que ante una reducción en costos (incluyendo mayor espacio vial y menores tiempos de recorrido esperados) aumenta la demanda. Viajes y kilómetros recorridos en auto, no son excepción.  Se manifiesta con fuerza el fenómeno del Tráfico Inducido – la oferta crea su propia demanda – más vialidades, más tráfico. Peor; creció el costo relativo del  bien sustituto, que es el transporte público, en términos de confort, tiempo, seguridad y calidad (degradación, chatarra, impunidad, ambulantaje, muladares en paraderos, saturación). De izquierda y afectos populismo justiciero, los gobiernos multiplicaron el gasto en subsidios, “apoyos” y prebendas para clientelas políticas, pensando en asegurar su lealtad electoral. Entonces, sufrió presupuestalmente el transporte público, que por lo demás, se consolidó en manos de mafias.

También crecieron los ingresos de la población, y todos los que podían comprar y usar un vehículo lo hicieron. La ciudad se expandió horizontalmente, se multiplicaron fraccionamientos residenciales suburbanos, invasiones en zonas de conservación, y desarrollos masivos de vivienda del INFONAVIT en la periferia, cada vez más lejos. Ahí, sólo el auto privado ofrece accesibilidad y movilidad aceptables.

El resultado era previsible y no debe sorprender nadie: El número de autos registrados en la Ciudad de México más que se duplicó en 15 años hasta llegar hoy a 5.5 millones;  el consumo de combustibles creció en 50%; y  se elevó espectacularmente la participación de los autos privados en la estructura modal de transporte, a más del 40% de los viajes/persona/día. Así, inversiones térmicas, anticiclones y sistemas de alta presión desencadenan de nuevo crisis cada vez más intensas de calidad del aire. Todo esto, sin contar consecuencias en la emisión de Gases de Efecto Invernadero.

Se soslayaron mecanismos de coordinación metropolitana. La Ciudad de México renunció al liderazgo. Siendo el actor y la jurisdicción territorial fundamental en la región y  cabeza lógica de toda acción colectiva, delegó la iniciativa a un obscuro ente  cuya pretensión geográfica (“Megalópolis” entre seis entidades federativas) es proporcional a su inoperancia. Las responsabilidades se hicieron difusas (ahora las pelotean), mientras que la Reforma Política y la “Constitución” de la CDMX culminarán el desastre de fragmentación balcanizando en alcaldías al antiguo DF.

Todas las soluciones son impopulares: elevar el costo de usar autos, y hacer menos oneroso y más atractivo al transporte público. O sea: Carbon Tax para financiar subsidios a un transporte público de calidad, previa reforma institucional, física y funcional; anticorrupción y normas muy estrictas de verificación; tenencia selectiva contra vehículos de más de 4 cilindros; peatonalización; ciclovías; cobro de vialidades; restricciones a estacionamientos; y, Reforma Urbana para densificar eficientemente la ciudad.  Y, nuestros políticos no están para audacias visionarias ni riesgos electorales.

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