Islas Revillagigedo, estigma e imperativo

CONAPESCA (Comisión Nacional de PESCA, dependiente de SAGARPA) y la industria pesquera  suponen  que los mares mexicanos son de su propiedad absoluta. Creen que pueden disponer en todo tiempo y lugar del territorio marino mexicano y de sus recursos, ecosistemas y especies, sin más cortapisa que sus conveniencias inmediatas. El Estado Mexicano no les ha hecho saber a ellos y a la sociedad que los mares representan intereses públicos, sistemas vitales, funciones y oportunidades, quizá más importantes que la pesca misma.

El saqueo y la depredación de cada metro cuadrado del mar territorial y patrimonial de México, de sus ecosistemas y especies por parte de la pesca han alcanzado proporciones bíblicas. Nadie la confronta. Su poder es tan grande (a pesar de su contribución ínfima a la economía, al empleo y al comercio exterior), que la industria pesquera ha logrado neutralizar y paralizar todas (sí, todas) las iniciativas de conservación que han intentado regular o impedir el exterminio, incluso, en Áreas Naturales Protegidas marinas y zonas de exclusión petrolera – como la que hasta hace poco existía en la Sonda de Campeche, y que pronto será abierta al pillaje de pescadores.

Un caso lacerante de impunidad y  devastación ecológica marina tiene lugar en una de las zonas marinas más relevantes de nuestro país y del mundo, el Archipiélago de Revillagigedo en el Océano Pacífico, Reserva de la Biósfera. Esta ha sido declarada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y comparada por su origen, morfología y riqueza biológica con las Islas Galápagos, con quienes integran el Corredor Biológico del Pacífico Oriental Tropical, además de diferentes islas y archipiélagos de Colombia, Costa Rica y México.

El Archipiélago posee un alto porcentaje de la reserva genética del Pacífico Oriental.  Son endémicas cerca de la tercera parte de sus plantas y un altísimo porcentaje de su avifauna; un número considerable de especies se encuentran amenazadas o en peligro de extinción. Destacan numerosas especies de tiburones, tiburones martillo, tiburón ballena, mantarrayas gigantes, delfines, tortugas, orcas, cachalotes, ballenas azules, jorobadas y zífidos de Cuvier.  Las aguas ricas y productivas del Archipiélago promueven las agregaciones de un sinnúmero de especies (corales, moluscos, equinodermos, crustáceos, elasmobranquios, tortugas marinas, mamíferos marinos y peces).

La pesca comercial está prohibida apenas en una estrecha aureola de 15 kilómetros en torno a las islas. Pero sólo en el papel. Atuneros y tiburoneros faenan ahí abiertamente, y en todas partes,  causando la muerte de miles de ejemplares de tortugas, ballenas, delfines,  mantas y de muchas otras especies. En aguas próximas al Archipiélago se pescan a gran escala diferentes familias de tiburones, lo que significa un serio proceso de exterminio con consecuencias muy graves para la supervivencia de poblaciones y especies.  Esto ocurre en el contexto de un notable abatimiento de pesquerías en nuestro país por ausencia de regulación eficaz, sobrexplotación, subsidios, tecnologías de depredación biológica, e ilegalidad ubicua.  Se ha exacerbado la depredación no sólo a especies ubicadas en los eslabones más altos de las cadenas tróficas, sino también a especies marinas en la base  como  sardinas, anchovetas y macarelas. CONAPESCA ha estado permanentemente capturada por los intereses de la industria pesquera, y funge como juez y parte en el sector, como supuesto ente regulador, pero también como promotor y dador de subsidios.

Si bien la Secretaría de Marina cuenta con algunas instalaciones en la zona, no tiene capacidad logística ni operativa de vigilancia eficaz; tampoco, facultades legales integradas para ello.

Es urgente la creación de un Parque Nacional que abarque la envolvente en torno a todo el Archipiélago, con exclusión total de la pesca comercial, dándole a la SEMAR las facultades y equipos y personal suficiente para vigilarlo.

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