Humboldt, conservación y tierras públicas

La conservación de la naturaleza es interés históricamente reciente en México. Se  manifiesta de manera relevante apenas durante los años treinta del siglo XX gracias a Miguel Angel de Quevedo, quien se dio a la tarea de crear un primer sistema de parques nacionales. Por desgracia, el tema era antinómico a las obsesiones agraristas de Lázaro Cárdenas por lo que esos primeros parques nacionales fueron objeto de reparto  y/o  de expropiaciones abortadas que nunca se pagaron; quedaron prácticamente olvidados durante décadas. La Reforma Agraria agotó el acervo público de terrenos nacionales hasta hacer de México unEstado sin Tierra.

Es notable la ausencia histórica  de naturaleza y de un ideal de su disfrute público. La tierra sólo fue vista instrumentalmente como objeto de colonización, reparto, reivindicación justiciera, control político, y producción agrícola, tal vez, porque no hubo voces ni acciones relevantes que confrontaran al agrarismo desde una convicción naturalista. No fue sino hasta los años setenta del siglo XX cuando figuras como Arturo Gómez Pompa y Gonzalo Halffter interpelaron al gobierno de Luis Echeverría. Esto, a raíz de desmontes y deforestaciones masivas en el sur de Veracruz para fines de colonización, y de iniciativas de reparto agrario de los últimos terrenos nacionales cubiertos de selvas tropicales en la península de Yucatán y la región Lacandona. Por primera vez el tema trascendió a la conciencia nacional, y empezó su objetivación en nuevas instituciones.

México llegó muy tarde al naturalismo y al conservacionismo; ya que prácticamente todo el territorio había sido entregado en repartos agrarios. México llegó tarde porque no escuchamos a Alexander Von Humboldt durante y después de su estancia de más de un año en nuestro país a principios del siglo XIX. De hecho, Humboldt no tuvo discípulos naturalistas que influenciaran a conservadores y liberales después de la independencia. Tal vez lo impidieron la profunda polarización social y turbulencia política,  intervenciones extranjeras y la carencia de instituciones científicas de arraigo, y durante el gobierno de Porfirio Díaz, el frenesí de progreso y de deslinde y colonización de tierras.  De cualquier forma está por explicarse ese antiguo vacío e indiferencia histórica mexicana, en contraste con lo ocurrido en los Estados Unidos, donde desde el siglo XIX se destinaron grandes extensiones de tierra a parques y bosques nacionales, propiedad del Estado. Allá, Humboldt tuvo seguidores fervientes, como John Muir, Henry David Thoreau, Gifford Pinchot y el propio Presidente Teddy Roosevelt, así como en legiones de conservacionistas organizados, por ejemplo, en el Sierra Club fundado a finales del siglo XIX.

Puede decirse que Humboldt es el inventor de la naturaleza (The Invention of Nature, Alexander von Humboldt´s New World, de Andrea Wulf, 2015), quien por primera vez logra apreciarla  sistémicamente a través de la ciencia,  advirtiendo de la depredación humana y de sus consecuencias, y de la necesidad de conservarla. Humboldt comprendió al paisaje y al planeta como un todo orgánico, adelantándose más de un siglo a Lovelock y Margulis y a su sugerente hipótesis de Gaia. Captó las relaciones entre geología, geografía, clima, hidrografía, orografía, suelos, vegetación y fauna, y su interacción con recursos naturales cruciales. Inspiró a Ernst Haeckel, fundador de la ciencia ecológica. Entendió que las especies cambian y dan origen a otras a través de adaptaciones al medio ambiente. Fue padre intelectual de Darwin. Además de liberal anti-esclavista y anti-colonialista, enseñó al mundo el gozo y enriquecimiento intelectual, existencial y de conciencia que conlleva el disfrute de la naturaleza como patrimonio de todos.

Estamos aún en falta con el legado civilizatorio de Humboldt. Honrémoslo  a él y a México recuperando al menos parte del  patrimonio perdido de tierras públicas, para su conservación y disfrute público a perpetuidad.

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