La causa liberal ante el populismo

El populismo de extrema derecha campea por Europa y Estados Unidos, el de izquierda, arraiga en el fondo del alma histórica y cultural latinoamericana. El populismo es explotación política de los sentimientos y prejuicios más obscuros de la población, a manos de líderes mesiánicos y vulgares que pulsan fibras de rencor e insatisfacción buscando obsesivamente el poder. Es el uso sistemático de la mentira y de medias verdades, la identificación y carga contra supuestos grupos o enemigos del pueblo, y la reiteración de soluciones simplistas y personalistas que insultan la inteligencia pública. Es el abandono de la racionalidad, negación del cálculo económico y de estadísticas e indicadores, y su reemplazo por pulsiones viscerales arrojadas a la esfera de lo colectivo por medios de comunicación y redes sociales incapaces de filtrar y resistir. Es incubación del huevo de la serpiente que puede devorar a la democracia liberal, y a las libertades, como ha ocurrido en Venezuela.

Equivocadamente damos por hecho las libertades políticas, económicas e individuales. Asumimos como algo dado e irreversible a la democracia liberal y a la libertad de elegir y emprender que nos ofrece el capitalismo; de disfrutar del fruto de nuestro trabajo, y desarrollar nuestras capacidades para el ejercicio pleno de la libertad. Hacemos que nuestros hijos ignoren que la economía de mercado es consustancial a la libertad y al progreso, que no hay democracia sin libertad económica, que todas las supuestas opciones al capitalismo se resuelven en tiranías, represión, miseria, tragedias humanas y ambientales indecibles, y en la cancelación de la democracia y la libertad.

El poder populista arranca con subsidios y dádivas, con intervención gubernamental en la individualidad y el libre emprendimiento. Entra en la intimidad y sustituye a la responsabilidad personal. Niega la igualdad ante la ley y la autonomía individual, y retoma prejuicios raciales y de linaje (lo vimos y quedó plasmado en la Constitución CDMX). Elude condenar catástrofes socialistas en nuestro vecindario latinoamericano.

Cultivamos el repudio a la libertad. Se anidan ideologías totalitarias en universidades y escuelas normales; ahí se adoctrinan jóvenes que serán incapaces de insertarse productivamente en la sociedad moderna; forman el gran ejército de resentimiento que nos hace caer una y otra vez en la trampa populista. Ahí es común el tributo a teóricos contrarios a la libertad, al igual que la exaltación de la violencia y de siniestros guerrilleros, dictadores, aventureros y asesinos. Incluso los medios los celebran convirtiéndolos paradójicamente en mercancías pop, íconos y roles modelo (Stalin, Castro, Guevara, Chávez, Marcos). Retroalimentamos a la serpiente. No será extraño así el acceso al poder de alguno de sus émulos, mesías de aldea. Es escaso o inexistente en nuestro sistema educativo público el reconocimiento a la libertad, así como de los grandes liberales. Ignoramos a Bacon, Smith, Hayek, von Mises, Berlin, Schumpeter, Keynes, Friedman, Buchanan. Siempre estamos tanteando el Camino de la Servidumbre. La enseñanza de la economía de mercado está ausente en la educación básica y media.

Las reformas liberales logradas en estos últimos tiempos son menospreciadas y combatidas desde esas trincheras y a través de medios oficiosos, mientras somos incapaces de defenderlas y ganar la conciencia colectiva en su favor. Amenazan con volvernos a monopolios en petróleo, electricidad y telecomunicaciones, con entregar de nuevo la educación pública a mafias de subversión y delito, y en cerrar nuestra economía a los caprichos del proteccionismo en consonancia vergonzosa con el demagogo populista que gobierna los Estados Unidos. Muchos lo celebran, o indiferentes no lo entienden.

La idea de la libertad debe ser defendida permanentemente; está permanentemente acechada. Es vital seguir avanzando, profundizar y consolidar el espacio de libertades, y asegurarnos de que no podrán ser conculcadas.

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